lunes, 25 de junio de 2012

Comentarios sobre los libros de Óscar Efraín Herrera

Van a continuación algunos de los comentarios que generosamente han expresado varias personas sobre mis tres últimos libros: La luz y el muro, Arista y Atajos, entre agosto de 2009 y junio de 2012. A continuación "Centinela de la palabra, de Armando Joel Dávila:

Centinela de la palabra / Armando Joel Dávila

Me parece entonces que no estoy en mi casa, ni ante mi casa, sino ante mí mismo, ante un yo mismo durmiendo, y que tengo a la vez la dicha de soñar profundamente y de velar por mí como un centinela.
Franz Kafka
Después de varias lecturas de la obra poética de Óscar Efraín Herrera, sus tres libros a la fecha publicados: La ganancia y la pérdida de 1992, Camino hacia mis huesos de 1997 y Cicatriz sin orillas de 2007, aparece este nuevo libro que hoy tengo la fortuna de presentar ante ustedes, La luz y el muro, editado por la Editorial Aldus y la UANL, libro que encierra un trabajo muy arduo de parte del poeta que hay en Óscar, puesto que una parte de sus textos han aparecido en sus anteriores libros, los cuales han sido mejorados, pulidos y más unitarios, apegados a los versos tradicionales, que a la prosa poética, que había utilizado en el libro Camino hacia mis huesos.

La materia poética de La luz y el muro tiene varias coordenadas, por un lado, el lado íntimo del autor, esa voz que habla en voz baja, pero dice verdades pesadas, que no deja de confesar su agonía, esa lucha, que los griegos se vanagloriaban en reconocer como el más alto valor del ser humano. Óscar ha enfrentado una lucha consigo mismo para fortalecer su poesía, posee un olfato especial para ubicar lo poético en autores tan dispares como Eliot o Jabès.

En el primer apartado del libro titulado La luz y el muro aparecen una serie de poemas con la misma temática: el enfrentamiento del yo lírico ante la soledad, el tiempo, el frío, la locura, el aburrimiento. En donde el poeta se vale de la palabra muro para dar su versión de los hechos. Encuentro semejanza bastante familiar con la visión de Franz Kafka, cito:

—¡Bien el mundo se hace más estrecho cada día! Era tan grande antes que tuve miedo, corrí y estoy contento, al fin, de ver por todas partes surgir muros sobre el horizonte, pero estos largos muros corren tan de prisa uno al encuentro del otro, que heme aquí ya en la última pieza, y veo allá abajo la trampa en la que voy a caer irremediablemente.

En su primer libro aparece el tema del muro, pero como elemento de reconstrucción de su infancia, así dice en el poema «Casa de las Palomas»:

No duermo. Miro las horas como quien mira un muro.
¿Hace cuánto tiempo que ese muro me separa del verdadero tiempo?
Ayer era un vago, ahora soy un apéndice del viento.
Vuelo, no tengo voluntad, mi sombra se arrastra en el charco donde quedaron mis alas.
Casa de las Palomas, repite mi nombre,
déjame oír tu voz de espejo, abre tu garganta.
Ya no llueve. Sigo en un laberinto de escaleras.

En el presente libro la palabra muro se ha convertido en símbolo, es el tiempo, el límite, la muerte, la soledad, espejo, su memoria, es testigo de su vida espiritual, es el signo de la corrosión y de la herrumbre o, como dice Fernández Granados, de la entropía de las cosas. El muro es un elemento poético que se repite en sus cuatro libros, pero es en éste donde alcanza su madurez expresiva. Además el poeta abandona el verso prosístico para buscar la economía del lenguaje, usa el verso de once y siete sílabas, con un ritmo melódico más o menos uniforme. Logra en lo ceñido del verso ofrecernos mejores contenidos semánticos. Esta parte del libro es la más conmovedora y la más valiente, porque se confiesa y arriesga sus quejas y sus íntimas verdades. Que por lo general los poetas encubren con artificios y recursos retóricos, Óscar se desnuda y nos entrega una versión límpida y transparente de su conciencia. El poema «Canto a la hermandad del vaho» es el ejemplo más acabado de su falibilidad y de su desesperanza, pero no por eso, deja de ser tremendamente poético y emotivo:

Amo la lluvia, la hermandad del vaho
que me permite andar la calle sin ser visto.
Amo las plazas donde nadie juega,
con poca sombra pero mucha hojarasca.

Admiro la mansa culpa de mi perro,
su rabioso cariño, su pereza.
Admiro lo que no soy, lo que no fui, lo que pudiera ser.
No digo más, hacerlo me haría volver al principio.

La segunda coordenada del libro, es por la forma de escritura y trabajo, un reto que el poeta se propuso realizar, en base a su lucha con la brevedad y la fuerza de la palabra. Así la sección "Expolios", 'Panteón de gobernantes', reúne una serie de poemas breves de sátira política muy ad doc con nuestro medio castigado por políticos sin escrúpulos. No hay que olvidar que Óscar ha combinado su oficio de poeta con el de periodista, y ha sido un gran observador del ambiente social. El epigrama como medio de expresión nos llega de Grecia y posteriormente pasa a Roma, donde fueron Catulo y Marcial quienes lo llevan a su máximo desarrollo y calidad. En nuestro tiempo, los poetas lo han visto como una piedra de toque, una prueba difícil de pasar. Puesto que en el epigrama se requiere brevedad y agudeza.

Originariamente, como es bien sabido, el epigrama no era sino cualquier inscripción sobre objetos, ofrendas, tumbas, monumentos o edificios públicos, en los que se recordaba al propietario, al donante, a la persona a quien se le ofrecía o se expresaba simplemente un breve mensaje.

Luego, con Catulo, el epigrama se torna breve e intenso, era la forma como el poeta expresaba sus sentimientos más íntimos, sus gustos y sus pasiones, siguiendo la tradición helenística de expresar en pocos versos, cuidadosamente elaborados, el intimismo que no tenía cabida en las formas rígidas e impersonales de los géneros mayores. Claro está que en Catulo el epigrama expresa unos sentimientos, gustos y experiencias personales que no se conocían en el epigrama griego. Y por otro lado, el epigrama sirve a Catulo como medio, crudo y realista, de atacar a sus enemigos siguiendo la tradición itálica de escarnio e invectiva.

Partiendo de esa premisa, Óscar Efraín Herrera experimenta con esa fórmula y nos entrega esa serie de veintiocho poemas que, después de varios años, quizá catorce, están aquellos que resistieron la fuerte autocrítica del autor, y el riesgo de que no cayeran en el lugar común.

Citaré dos poemas que me parecen representativos de este estilo que nuestro autor trabajó con tanto entusiasmo.

Antes de los cincuenta
dejó el presidium
y subió al patíbulo.
Siempre arriba,
siempre temido.

Sin valor y sin luchar
logré lo que todos aspiraban.
Me piden consejos,
temo confundirlos
pero, sorprendentemente,
entre más callo
más admiran mi silencio,
más me quieren.

La última de las secciones de epigramas llamada "Apuntes del espía", es donde el poeta profundiza más en su sofocante pasado, donde describe su mundo íntimo e inmediato, y nos ofrece la acidez y el desencanto de la realidad que le ha tocado vivir. Así nos dice en el texto:

Reniego de la democracia,
no puedo elegir vecinos ni cartero,
ni sé cuándo atacará
ese eficiente empleado municipal,
que siempre atina a poner la infracción
cuando vence el tiempo del parquímetro.

La sección "Cicatriz sin orillas" pertenece al libro anterior, publicado por Editorial Diáfora, y es por su estirpe y aliento, lo más sentido de lo últimamente escrito, está pleno de afanes y visiones hondamente sentidas.

Miré una cicatriz
y dije llanto
como si fuera mío
el dolor que miraba.

Era una cicatriz sin orillas
esperando, quizá, un testigo
para mostrar su danza rugosa.

Miré en la cicatriz el llanto
que escondo desde la infancia.
Un llanto sin dolor
como un río sin agua.

Quiero aventurar un juicio, en relación a la poesía de Óscar Efraín Herrera, en otro tiempo dije que el poeta se buscaba, creo que la madurez ha llegado a su poesía, su trabajo incansable en talleres nacionales y locales lo hacen ser maestro de los jóvenes, no en vano ha obtenido becas y reconocimientos, también ha sido un quijote del periodismo y de las revistas locales. Su trabajo editorial silencioso, pero sin pausa, nos ha hecho reconocer que con poco presupuesto se puede hacer mucho. Pero lo invaluable que hay en Óscar, aparte del poeta, es el amigo generoso, desinteresado, el compañero de la cerveza, de la música y de la belleza, el curioso incurable, el que dice en unos de sus poemas:

No soy el papel ni la tinta,
sino la escritura.

No la mano ni la palabra,
sino el saludo.

No el fuego ni la brasa,
sino la ceniza que canta.

Agosto de 2009






viernes, 15 de abril de 2011

Seis años

Más o menos a estas horas un viernes como hoy dejé de caminar. No me acostumbro a este andar en muletas. Fui siempre un caminante, conocí paso a paso la ciudad de mi juventud. Mi memoria insiste en recordar el ardiente fuego del asfalto en verano y el chistar ruidoso de los pasos sobre la lluvia. Una maravilla cruzar la calle a paso veloz. Ya son seis años y no sé que siga. O ya lo sé y no quiero pensarlo. En sueños soy el de antes. Me consuelo pensando que la razón no necesita demasiados músculos.

sábado, 1 de enero de 2011

Primero de enero

La primera palabra no es la más importante, chorro de agua que sale turbio o incoloro. El primer sol del año empieza la mañana solo. Las siguientes palabras, los siguientes días, van acomodándose exactamente en los huecos que nos depara la vida. Primero de enero, día de películas y abrazos, de estar en cama, comer recalentado y beber un tinto que ha esperado varios meses. Sin muchos propósitos, sin esperar nada especial, agradezco la presencia de Norma, los abrazos recibidos, el apoyo de los amigos. Dejo por este día la caja de pastillas y alzo mi copa.

domingo, 30 de agosto de 2009

Presentación del libro

[Hace unas semanas, gracias a las buenas diligencias de nuestro amigo José Garza y del apoyo solidario de los poetas Armando Joel Dávila y Renato Tinajero, tuve la oportunidad de cumplir en público la ceremonia de presentar mi librito en mi muy querido Colegio Civil. Los padrinos fueron por demás generosos. Estuvieron Norma, Delia (mi madre), grandes amigos y hasta el pequeño Ernesto, descendiente menor de los Herrera. Para que no se olvide lo que allí se dijo y para que lo lean quienes no pudieron asistir, pongo aquí uno de los textos, el de Renato; en próximas entregas haré lo mismo con el de Armando.]

HUMANÍSIMA IRONÍA

Éranse una vez Óscar y su libro. Y el libro era negro por fuera y blanco por dentro. Y era un libro que se leía de una sentada.

Éranse otra vez Óscar y el libro. Y el libro se llamaba La luz y el muro. Y con ese título hacía recordar algunos cuadros de Vermeer.

Pero éranse otra vez Óscar y el libro, y el muro con su luz, y el muro no se parecía en nada a los muros de Vermeer (esos que difuminan la luz), no, nada de eso, era un muro más bien agrietado, descascarado, un muro de la infancia, de viejo patio, un muro cuarteado por el sol, templete para las cigarras, trono de los gatos, muro para tirarle piedras y rasparle con los picos de una corcholata la forma de un corazón y en medio una flecha. Un muro sucio, uno de ésos.

Y el libro era un muro, o el muro era un libro, y escribir en el libro era como escribir en el muro, con pintura de aceite y una brocha gruesa. Y en el muro decía:

Ese dolor de rodillas no es nuevo,
se ha caído otro ladrillo.
Del otro lado un niño rebota su balón.
En la primavera del patio
hay un corazón apuntando nombres
con pintura de lodo y de sombra.

En el muro está tu biografía,
con su lenguaje de polvo describe
los pasos que no diste,
lo que pasó en el corredor.

Claro que la "a" de biografía quedó chorreada, y a la palabra polvo la cagaron los pájaros. Porque así le pasa a uno, así es uno de imperfecto y desaseado. Quien no se ensucia no vive. No se puede evitar. Y cuando mejor te va (en el bolsillo de la camisa traes el billete de lotería con el reintegro), zas, te caga un pájaro.

Mínimas tragedias diarias. Obstinado oficio del que cae y se levanta. ¿Pero de quién estoy hablando? De Ulises, sin duda: naufragios y desastres cotidianos en el camino a Ítaca. O quizás estoy hablando de otros héroes, héroes con calcetines, héroes que trabajan de 8 a 3 con un día de descanso a la semana. En el fondo es el mismo héroe: personas de carne y hueso, que duermen y comen y caminan. Mira desnudo al héroe, sin su armadura, sin monstruos que prueben sus virtudes, y lo encontrarás tan ordinario, tan reducido, tan con ganas de prestarle una camisa e invitarle una cerveza.

De esas pequeñas heroicidades también se hace poesía. De ese trato entre iguales, entre criaturas de la misma especie. De la manera como se miran y se acusan, de sus titubeos, de sus coqueteos, de cómo se relacionan entre sí y con el mundo. De eso se puede escribir así:

Mientras ellos se pelean galerías y exposiciones
yo pinto en pobres mancebías
sobre el absorbente sillar semicuarteado.
Ah, cómo les impresiona mi trazo
que en breve tiempo levanta
la cúpula de una catedral
en el centro de la cantina,
cómo les impresiona mi trazo
cuando pongo entre la muchedumbre de mi paisaje
el rostro de quienes me brindan su cerveza.

Y también se puede escribir así:

Siempre habla mal de mí
y me envía a sus espías,
que me muera si no me teme.
Por qué lo creo, porque
siempre hablo mal de él
y le envío a mis espías,
que me muera si sabe que le temo.

Qué pereza despiertan esos otros poetas que sólo fijan su atención en objetos elevados y sublimes. Qué frialdad la suya, qué indiferencia ante el mundo, ante este mundo crudo y duro, con sus bombas, con su mugre, con sus eternos impostores. 6 mil 700 millones de personas habitan este mundo. Con un poco de imaginación estadística, este número sugerirá dos cosas. He aquí la primera: que si se toma en cuenta que todos los seres humanos en mayor o menor medida sufren (hambre, esclavitud, dolor de muelas, etc.), la suma aritmética de sufrimiento, suponiendo que éste pudiera medirse, sería imposible de imaginar. El mundo, en verdad, es horrible. He aquí la segunda inferencia: que si se toma en cuenta que cada ser humano es el fruto de un encuentro carnal, y que los niños no suelen concebirse al primer intento, la humanidad habrá experimentado el gozo del apareamiento no menos de unas 100 mil millones de veces en las últimas décadas. Cierto, el sufrimiento ayuda a edificar y nutrir la vida. Y cierto también, en torno al acto sexual se concretan algunas de las formas más abyectas de la esclavitud y el abuso. Porque así es este mundo que tenemos, con su frontera borrosa entre el placer y el dolor, entre lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira. El mundo: este gigantesco vertedero, esta orgía inmensa. Pero si no se hace poesía con este mundo, ¿entonces con qué se la va a hacer?

Entiéndase, por eso, lo mundano de los temas que elige Óscar: el envejecimiento, la zozobra diaria, la palabra de los políticos, la traición del prójimo, el dolor del propio cuerpo, el transcurso del tiempo. Todo en versos transparentes, platicados, murmurados, aforísmicos, epigramáticos. Poemas muy al alcance del entendimiento de los mortales, pero no poemas fáciles (ninguna poesía genuina es fácil); hay que percibir en ellos la intensa destilación conceptual que los anima, fruto de una rigurosa labor de concentración y síntesis. Y sobre todo hay que percibir la sabiduría vital con la que fueron escritos, la ironía humanísima que los nutre, el diálogo que Óscar propone con las viejas preocupaciones de la humanidad. Pero no el diálogo de quien pontifica (te invito a dialogar pero te inculco mis verdades), no, sino el diálogo entre iguales, entre puntos de vista, entre ciudadanos, entre camaradas. Un diálogo entre escépticos, si entendemos, como Óscar, que el escepticismo es una de las más nobles formas de la humildad.

No presumiré mi talento de escultor
pero quiero dejar claro
que nadie tiene tal capacidad de síntesis
para reproducir en volumen
el conocimiento universal,
el sentimiento más humano:
hacer ceniza todo lo que toco.

Bienaventurada sea esa ceniza universal, ese talento de las cosas pasajeras. Le deseo larga vida y muchedumbres de lectores. Que así sea.

Renato Tinajero
Agosto 2009

martes, 21 de julio de 2009

Los dos René

Sólo he conocido a dos personas de nombre René, los dos fallecieron recientemente. Como nadie, tampoco ellos tenían edad para morir. Menos aun mi primo René Rodríguez, quien fue asesinado en un asalto a pleno mediodía en una calle de Ciudad Juárez. La distancia entre las ciudades nos alejó de cierta manera, crecimos cada quien por su lado, pero la sangre sabe cómo mantener cercana a la familia y siempre estuvo en un lugar privilegiado de la memoria el recuerdo de la plática que tuvimos hace años.

Al otro René lo frecuenté también muy poco, no sé si deba llamarlo amigo, aunque en las pocas ocasiones que hablé con él sentí su amistad, su solidaridad. A René Alonso lo califican como periodista, a lo que yo agregaría que fue un excelente promotor cultural, o animador, o contertulio. Podría mencionar que gustaba de la bohemia y que alguna vez, hace casi veinte años, compartimos mesa en las mejoras horas de la madrugada, pero prefiero apuntar dos imágenes de él. La primera tiene que ver con el año 1983, cuando René Alonso dirigía Difusión Cultural de la Prepa 3 y facilitó las instalaciones para una posada de los escritores locales. Esa noche fría de diciembre no lo conocí, pero ahora hago cuentas que los primeros conciertos que escuché y las primeras películas de cineclub que vi fueron en el auditorio del Aula Magna, el espacio donde él organizaba sus eventos. La otra imagen es de nuestra última conversación. Me preguntó ese día sobre una joven escritora que acababa de publicar una novela y a la que le gustaría entrevistar. Su interés me hizo pensar que muy pocas personas como él podrían diariamente conducir un programa de radio, en el que no sólo decía noticias, sino también ponía opiniones sobre la mesa, invitaba a otros a tratar temas, con menos de lo mínimo de producción, pues contaba con una formación intelectual, buena memoria y mejor ánimo para estar al día de lo nuevo. Eso creo fue René Alonso Estrada.

sábado, 11 de julio de 2009

El litósforo

Se sabe que en las profundidades de algunos mares hay seres que brillan. En relatos de marineros se describen esas luces que surgen de entre las aguas. Ya Aristóteles habló de ello cuando observó un pez en descomposición, porque también hay bacterias luminiscentes. Pero lo importante ahora es lo ocurrido no hace mucho, digamos dos o tres centurias, cuando unos náufragos tiraron su improvisada red y pescaron un animal parecido a una medusa, fiero como serpiente y con un lastimoso llanto que sólo se detuvo cuando cayó la noche. Entonces mostró su rara cualidad: como una bombilla, como si en lugar de exhalar aire exhalara luz, ese ser empezó a brillar ante el desconcierto de sus captores. Y fue esa lumínica intermitencia la señal para que un barco avistara a los náufragos y los salvara. Se subieron a la nave y dejaron a la deriva a ese ser que, sin saber cómo regresar a su medio natural, empezó a encontrarle gusto al golpe del viento sobre su rostro y a la claridad de los colores que permite el aire o, mejor dicho, que no había percibido dentro del agua.

Por alguna razón —o sinrazón— la naturaleza aceleró el proceso evolutivo y permitió que esa luz encerrada en un cuerpo sin forma se transformara en un animal de estructura firme pero ligero como el aire. En algo ayudó el albatros que lo sacó de la barca y lo llevó a tierra donde se perdió en el bosque hasta anoche, que lo vieron de nuevo.

El litósforo es otra cosa. Brilla, ya se sabe, pero lo sorprendente es su adaptación. Dejó sus cualidades para nadar y encontró la forma de volar. Sí, vuela como un globo de fiesta que los niños no pueden atrapar. Y quizá también ríe. No lo sé, pero me pareció oírlo cuando traté de avistarlo. Mentiría si dijera que lo he visto, pero puedo describirlo si me lo preguntan. En las noches aparece como un dolor agudo. La primera vez creí que era un efecto provocado por el cansancio, luego supe que otros habían advertido su presencia pero no querían hablar de ello. En un parpadeo un brillo salta de una rama a otra. ¿Fue un colibrí? No, brilla y su brillo no es superficial y efímero sino que parece surgir de adentro de su ser, un resplandor que se clava en la memoria pues es imposible verlo por más de una fracción de segundo. Es del tamaño de un instante, un poco más chico que un vistazo. Su color es un ascua que se asusta si es vista. Hay quien afirma haberse tropezado con un litósforo dormido y que sintió una piedra más dura que el metal. No lo creo porque si bien no es alado, es un ser que prefiere el aire que la tierra, dejó el agua y no volverá a ella porque encontró la clave para dominar el vuelo, el vértigo de ir a donde la mirada quiera, lo que es imposible dentro del mar y lento y cansado para los seres que caminan. Mejor que las aves, el litósforo es una roca con luz propia que el mar lanzó para distraer la atención de los hombres.

(Hace un año Héctor Alvarado organizó una exposición en la que artistas de la plástica y escritores crearan en parejas animales fabulosos. A este redactor junto con el fotógrafo Erick Estrada nos tocó el litósforo, un ser luminoso)

lunes, 6 de julio de 2009

La luz y el muro

Esta tarde me entregaron mi libro denominado así que lleva los sellos de la UANL y Aldus. Se trata de un volumen de poemas que he coleccionado desde hace varios años. No creo ser el indicado para hablar de mis escritos, sólo quiero dejar la noticia de que a partir de hoy La luz y el muro caminará entre los estantes de algunas librerías y, espero, ocupará la lectura de mis amigos.

Para mí es significativo que en este día me lo hayan entregado, hoy que mi padre hubiera cumplido años. Dejo para el lector interesado unos cuantos textos que componen la primera parte del libro:

La luz y el muro

La sombra crece
con paciencia de piedra.
Nadie detiene su dureza de horas.
En la noche pierde sonidos,
sobre el muro alguien dispara
una metralla de palabras.

***

Aquel muro al fondo del patio
ya no es el límite
sino el espejo oscuro
de quien no sabe si el patio termina
donde empieza la piedra.

***

No pregunten por qué sin saber el nombre de las cosas recibí la encomienda de enumerar lo que veía. Pasó inadvertido para mí lo importante. Acaso nada sucedió y tengo ahora que inventar recuerdos, buscar entre cenizas lo que ya no veré.
***

Muro de horas

Lo más difícil es caer entre dos palabras,
ser aceptado por sonidos distintos,
conjugar entre dos significados.

La sombra de ese árbol pasa el día indecisa
si traspasa o no ese muro
cuando llega la noche y se da cuenta
que nada importa.

Ni la sangre que lastima las sábanas blancas de los enfermos,
ni las luces de un trailer en la carretera a media noche,
ni la publicidad de los panorámicos,
nada es más llamativo y lastimoso
que el seguir dando vueltas al molino.

Un día, sin saber por qué, preguntas
por cuál resquicio ingresó la tarántula,
cuál orificio eligieron las hormigas,
en dónde se escondió el escorpión,
cuándo dejó la víbora su piel
entre las hojas de tu diccionario.

A qué horas pusieron mi alma en venta
en la subasta de enseres usados.

Quién, preguntas, buscas, quién
dejó crecer la yerba en este rincón de la memoria.

Te has topado con ese muro de horas,
es invierno y un dolor de astillas se aloja en tus huesos.

***

Recolecto pequeñas piedras,
cansadas palabras caídas de algún libro
que no llegaron a la imprenta.

Recolecto guijarros de colores,
alientos y saliva endurecidos
que no encontraron labios afines.

Recolecto fragmentos que en otro tiempo
fueron instrumentos del amor,
gotas de espera, cabello de paradojas,
ceniza de abrazos...

Recolecto adjetivos, papeles olvidados durante la procesión.

En mi bolsillo caben los adjetivos del mundo.

Soy el adjetivo que me encuentro,
la palabra que me bautiza en la calle.
***

En espera del invierno

Es posible me vuelva loco
si continúo sin parar
evadiendo las giratorias líneas
que buscan mis pisadas,
como las sombras buscan a su cuerpos.

Es posible que ni entre
al vestíbulo del laberinto,
ni que tampoco salga
indemne cuando embista
el toro de las deudas.

Es posible que mi voz se disuelva
en el solemne caracol del oído
si digo sin parar la misma historia,
la misma crónica
del último inquilino de las penas.

Pero quizá nada me sea posible
y jamás me acerque
a la playa donde cantan las sirenas,
ni ensuciará mis pies
el polvo perfumado del olvido,
y aquí me quedaré
como esperan el invierno
los suicidas y enfermos terminales.